Una multitud de chiquinquireños despidió al reconocido periodista y escritor Raúl Ospina Ospina.

En medio de una serie de signos y símbolos, ayer le dieron el último adiós al hombre que durante 60 años hizo de Chiquinquirá su tierra adoptiva.
Había nacido en Ortega (Tolima) el 17 de junio de 1943, pero se radicó en Boyacá en 1963 y durante 46 años alternó el periodismo con la literatura y en junio del 2016 abandonó definitivamente el periodismo para abrazar totalmente el quehacer literario. Tenía 82 años y falleció la mañana de este domingo en Bogotá, por complicaciones de una cirugía que le realizaron hace un mes.
Ayer, en medio de un sentido homenaje encabezado por su segunda esposa y sus cinco hijos, junto a cientos de amigos, allegados y familiares que llenaron la basílica Nuestra Señora del Rosario, con posterior traslado al cementerio del Norte de Chiquinquirá, despidieron al hombre que dedicó gran parte de su vida a luchas por los menos favorecidos y a ser la voz de los que no tenían voz.
Cada uno de los cinco hijos dedicó unas palabras al reconocido hombre de letras y quien sirvió de inspiración a muchos. Precisamente en sus palabras, su hija Clara Elvira Ospina, al igual que sus hermanos, dejó ver su cariño y amor eterno con el que recuerdan al famoso Raúl Ospina Ospina:
“Las gracias a ustedes por acompañar a mi papito hoy y a la comunidad dominicana que acogió a mi papito durante 60 años. Muchas gracias, hasta el último de sus días. Para escribir estas líneas, papito, he invocado tu ayuda, el mejor arquitecto y artesano de las palabras”, inició diciendo la periodista quien hoy dirige un canal de televisión en Perú y quien además es escritora.
Y continuó: “Sobre ti se ha dicho y se dirá mucho, pero yo en este momento solo puedo decirte: gracias por amarme como me has amado, por tu solidaridad sin medida, por esa irrepetible mezcla de ternura y coraje que te hizo único. Gracias por la familia que me diste, por Juan Raúl, Diego, Andrés y Raúl Felipe.
Gracias por la infancia llena de aventuras que creaste para nosotros, gracias por los recuerdos reconstruidos con tu extraordinaria memoria. Gracias por las historias fantásticas que nos contaste. Gracias por tu risa y tu repentismo. Gracias por tu sentido del humor que afloraban aún en momentos difíciles. Gracias por tu sabiduría y tu deseo de aprender siempre más. Gracias por defendernos de todo y de todos.
Gracias, papito, porque nos enseñaste el valor de la verdad, la rectitud y la honestidad. Gracias porque nunca bajaste los brazos ni doblaste la servís y solo te arrodillaste ante Dios nuestro Señor. Gracias porque contigo aprendimos a no buscar pleitos, pero tampoco huir a la batalla. Gracias por enseñarnos el valor de la palabra empeñada. Gracias por tus poemas, tus cuentos y tus novelas.
Gracias por escribirnos hermosos poemas cuando cumplíamos años o celebrábamos un momento feliz en nuestra vida. Gracias por las serenatas, gracias por heredarnos tu pasión por la música. Gracias por querer a mi hijo y a mi esposo. Gracias porque siempre terminabas las llamadas con un «Saludos a tus Juanes». Cuánto voy a extrañar esa llamada diaria, papito. Te doy las gracias también a nombre de tantas personas a las que salvaste y ayudaste.
A quienes recibieron una silla de ruedas, gracias a una Radiotón. A los miles de niños salvados en el amparo juvenil de la garra feroz del abandono. A los humildes que encontraron en ti, un escudo frente a los poderosos abusivos a quienes escuchaste y ayudaste sin reparar en su condición. A los niños, adolescentes y adultos a quienes les enseñaste a amar el lenguaje.
A los amantes de la literatura, a quienes les diste la espléndida experiencia del Encuentro de Escritores, a los miles de chiquinquireños que crecieron escuchándote pelear por esta tierra que hiciste tuya con pasión y compromiso. Gracias, papito. Gracias por la bondad que transformó a tantas personas. Con eso te vas hoy. Eso te ha hecho inmortal. Hasta siempre, amor.










