El productor, trombonista y cantante Willie Colón falleció a los 75 años este sábado 21 de febrero.

La información fue confirmada a través de sus redes sociales, donde se comunicó su deceso sin que se precisaran causas médicas específicas.
Colón había sido internado desde el pasado 17 de febrero en el St. Lawrence Hospital, tras presentar problemas respiratorios, según informaron medios estadounidenses, que obligaron a su ingreso y vigilancia médica permanente.
Aunque el comunicado oficial evitó detallar diagnósticos clínicos concretos, según distintos medios especializados el músico enfrentó estas complicaciones hasta el momento de su fallecimiento.
La noticia sacudió al mundo de la salsa y a varias generaciones de oyentes en América Latina y Estados Unidos, donde Colón fue considerado uno de los arquitectos del llamado “sonido de Nueva York”, una propuesta musical nacida en el Bronx que mezcló ritmos caribeños, vida de barrio, jazz urbano y una narrativa social que conectó con la experiencia de los inmigrantes latinos.
La historia de ‘El malo’
William Anthony Colón Román nació y creció en Nueva York, en el seno de una familia de inmigrantes puertorriqueños.
Fue el hijo mayor de un hogar marcado por la pobreza y por un entorno que él mismo describió como “duro”: marginalidad, segregación, violencia y falta de oportunidades.
En ese contexto, la música se convirtió en una vía de escape y en una tabla de salvación. A los nueve años, un regalo de su abuela —una trompeta— despertó una vocación que lo alejó de un destino que él mismo reconocía pudo haber sido otro.
Su formación fue autodidacta. Tras iniciarse en el clarinete y la trompeta, encontró en el trombón el instrumento que definiría su identidad sonora: agresivo, callejero, contundente.
Con apenas 16 años, en 1967, dirigía ya una orquesta en el Bronx y se presentaba ante el mundo con una imagen provocadora que le valió el apodo de “el malo”, una figura que contrastaba con la sensibilidad musical y la profundidad emocional de sus arreglos.
Esa estética urbana encontró su complemento perfecto en la voz de Héctor Lavoe, su primer cantante y socio artístico. Juntos construyeron una obra marcada por la risa y la tragedia del barrio, con canciones que alternaban entre el bolero desgarrado y la fiesta desbordada. Temas como Che ché colé, Sigue Feliz o El Día de Suerte consolidaron una propuesta innovadora que lo distinguió dentro del movimiento salsero.
Consciente de que no podía repetirse, Colón decidió romper sus propias fórmulas. Se abrió a nuevos formatos orquestales, incorporó saxofones y trompetas, amplió su paleta sonora y se atrevió a cantar.
Ese proceso de transformación alcanzó un punto clave cuando dio espacio a un joven panameño llamado Rubén Blades, con quien grabó Siembra, considerado el disco más vendido en la historia de la salsa. Canciones como Pedro Navajas, Plástico y Buscando guayaba introdujeron una mirada social que redefinió el género.
En medio de ese éxito, Willie Colón dejó de ser únicamente el trombonista de una banda para convertirse en líder, director musical y manager de su propia orquesta, además de asumir el rol de vocalista principal.
Más adelante, ya consolidado como solista, continuó grabando con figuras emblemáticas como Celia Cruz, en una etapa de madurez artística que le permitió ocupar el centro total de su proyecto creativo.
Canciones como Gitana, Oh qué será, Me das motivo y El gran varón marcaron su trayectoria en los años ochenta, cuando logró el reconocimiento pleno no solo como arreglista y productor, sino como intérprete.*Con información de EL TIEMPO