Cuando el patriarca regresaba a casa, después de sus acostumbrados peregrinajes literarios, parecía arrastrar la vida en cada paso, su mirada reflejaba el desteñido color de los ocasos, en los instantes que, extenuados de brillar, se desdibujaban y rendían en brazos de la noche.

Aquel atardecer era tal su abatimiento, que nadie se atrevió a interrumpirlo, cuando siguió de largo, rumbo a su legendario diván, oculto entre las sombras del desván, allí en el rincón más alejado de la buhardilla, el atardecer de la vida se le fue cubriendo con esa penumbra urdida en el telar de los años, en tanto un chiflón de brisa fría silbaba al tiempo con el canto de las mirlas del Chicamocha, colándose por entre las hendijas de la ventana, avivando los destellos de los ojos del anciano, igual que candelilla de mayo, antes de la cosecha de hormigas culonas.
En la mente lúcida del maestro, que a esa hora seguía sentado en el cómodo sillón, empezaron a fluir ramilletes de recuerdos, brotando a borbotones en las profundidades de su memoria, las emociones se hicieron más intensas, cuando se dibujó en sus labios una sonrisa misteriosa, igual a la que exhibía siempre la nieta adolescente de la vieja Celestina, esa alcahueta de sus tiempos idos.
Así se le fueron fundiendo añoranzas y reminiscencias, tantos secretos guardados fielmente en los rincones de su conciencia, que seguro se llevaría al silencio y la soledad de la otra vida, en ese universo donde los aconteceres hilvanan historias; así hasta que el tiempo se volvió sabio y se quedó a dormir en su cabello, con el color de los gélidos inviernos.
Cuantas ilusiones germinaron sobre los cojines del diván, hoy misterioso mueble, cuántos ecos de voces susurrantes retumbaron en sus entrepaños, con vapores de exóticas bebidas y pupilas dilatadas por encendidos deseos, momentos que aliviaron la soledad, ayudándolo a sobrellevar el sabor amargo de la nostalgia por el trópico lejano, endulzando el recuerdo en su corazón de pingo santandereano, que le latía en la mano como queriendo salírsele del pecho.
Ahí, en ese sillón, que un día fue nuevo, que también fue joven, se forjaron historias con sabor a Tolstoi y Dostoievski, con la desesperación de Raskolnicov y la lealtad del mensajero del Zar, y sin poder faltar, el dulce aroma de la molienda, trabajo de machos arriando mulas indómitas, hijuepuentes, bestias obedeciendo la voz silbante del látigo, o en coro con el madrazo del arriero.
Sin embargo, ahí seguía el patriarca, sentado entre la penumbra de la buhardilla, disfrutando sus añoranzas, su canto a una vida con aromas de hierbabuena, toronjil y poleo, donde el ordeño y la cuajada se escondieron en una lágrima que rodó por sus mejillas, como la lluvia en invierno por los riscos de Piedecuesta.
Así seguía el sabio viajero del tiempo, rememorando tanta vida, encogido en un rincón del mueble, acompañado por la filosofía de los griegos, amantes constructores del pensamiento y uno que otro efebo, o por un sueño perdido en una curva del camino, cuando soñó un país diferente, con paz, justicia y equidad para todos.
Las horas y los días del sendero avanzaban imparables en el carrusel de la vida, que seguía su eterno giro, igual que el quejido de los cansados muelles del preciado mueble, entonces el caminante mesó su barba y su pelo, como si con esto quisiera refrescar su memoria, para traer al presente sus ansias de nuevos conocimientos, y dejó que su indómita imaginación se perdiera entre máscaras y óleos de viejas épocas y viajes a lejanos horizontes.
Entonces se extravió entre la selva enmarañada del Kilimanjaro y respiró el aire húmedo, denso como el melado en el fondo de la caldera del trapiche, y sintió el zancudo queriendo llenar su panza con la sangre de sus venas, en ese momento huyó al Nilo, para perderse raudo bajo las aguas torrentosas de añejos inviernos.
Esa tarde, el tiempo seguía su eterno caminar, igual que Sísifo con su tormento pétreo, mientras el venerable peregrino sacudió la cabeza, lanzando lejos malos e inútiles pensamientos, entonces la penumbra huyó como encantada por los mohanes del Guanentá y Vélez, liberando de todo vestigio de cansancio al renovado escritor.
*Por: Fabio José Saavedra Corredor