Adiós a Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor boyacense que hizo de la palabra su profesión

Apuleyo, el hombre que retrató a Boyacá, Colombia y a América Latina con sus escritos, falleció de forma natural rodeado de su familia y seres queridos.

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Nacido en Tunja en 1932, Plinio Apuleyo Mendoza dejó un legado literario entre cuentos, novelas y libros de no ficción. Foto: El Espectador.

Este lunes, en su casa en Bogotá, murió a los 95 años el escritor, periodista y diplomático, Plinio Apuleyo Mendoza, poco después de que el coronel Pataquiva, uno de sus amigos, le leyera parte del libro Mis primeras palabras, que el periodista escribió cuando tenía 15 años. Estaba rodeado de su esposa, la pintora Patria Tavera, su hermana Consuelo Mendoza, su hija Camila, personas cercanas y otros familiares.

Plinio Apuleyo Mendoza García había nacido en Tunja, el 24 de marzo de 1931 en el hogar del abogado y político Plinio Mendoza Neira (de ascendencia italiana), quien llevaba del brazo a Jorge Eliécer Gaitán en el momento de su asesinato, y de Soledad García.

En 1962 se casó en primeras nupcias con Marvel Moreno, con quien tuvo dos hijas. Como periodista en 1959 fue nombrado director de la agencia de noticias cubana Prensa Latina; entre 1971 y 1972 fue jefe de redacción de LIBRE. Revista crítica trimestral del mundo de habla hispana, y entre 1982 y 1983 fue director de la Revista Semana.

Desempeñó el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia en Francia y escribió artículos periodísticos para varias publicaciones internacionales.

El periódico EL TIEMPO recogió una historia completa en la que aseguran que Plinio, quien murió de forma natural, será recordado por revivir las historias más valiosas de Colombia, Latinoamérica y la literatura de la región. De hecho, sostuvo una relación profunda y duradera con Gabriel García Márquez, que se caracterizó por el compañerismo periodístico, una vasta correspondencia y la creación de libros memorables.

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“Sobre eso ya escribí”, respondió a Revista BOCAS en 2021 Plinio Apuleyo, al preguntarle por aquellas aventuras junto a Gabo, cuando viajaban por países comunistas.

Su envidiable biblioteca:

Su biblioteca, más que repisas en las que amontonaba libros, era un recorrido por las historias que sabía de memoria porque las había presenciado o porque alguien muy cercano lo había hecho.

Perón, Salvador Allende, Fidel Castro, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar son algunos de los personajes que estuvieron entre los cuentos que le gustaba echar a Plinio. Y en tres ocasiones contó cómo fue felicitar a amigos por haber ganado el Premio Nobel: Pablo Neruda, García Márquez y Mario Vargas Llosa.

En casi un siglo se encargó de inmortalizar aquellas historias que lo marcaron, para que quedaran en la memoria de todo un país: con El olor de la guayaba (1982), nos regaló una larga conversación en forma de libro con Gabriel García Márquez sobre la calidez y el color del Caribe, el universo mítico de sus pobladores, la extraña mentalidad de sus extraños prohombres y caudillos. En Años de fuga (1979), cuenta la vida de un joven revolucionario colombiano que viaja a París para enderezar el rumbo de su vida y descubrir un mundo lleno de ideas, sexo, música, amigos, literatura. Este libro, tras convertirse en el más emblemático, le valió el primer Premio de Novela Colombiana Plaza & Janés, y el cariño de la crítica.

Con Postales de una vida / Retazos de una vida (2017) Plinio nos llevó a vivir con él en Bogotá, Barranquilla, Boyacá, París, Roma, Lisboa, Moscú, Caracas, La Habana, y echa cuentos sobre sus amigos y amores, que son los personajes más ilustres de la cultura y la historia del país. Incluye a Marvel Moreno, quien fue su primera esposa, Fernando Botero, Camilo Torres, Pablo Neruda, Robert Graves, Rodrigo Lara Bonilla, Perón y muchos más.

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Durante sus oficios como embajador en Portugal durante el gobierno de Uribe, su vida se complicó como nunca en los intríngulis de la política, y debió defenderse de etiquetas como derechista y militarista, a pesar de afirmar que tuvo un pasado en la extrema izquierda y que, incluso, una de sus hijas se llama Camila en honor a su viejo “camarada”, el guerrillero Camilo Torres. Regresó a vivir a Bogotá después de una temporada en España, en una gran casa con dos terrazas y algunas obras de arte, entre ellas un bonito grabado de Calder.

Luis Noé Ochoa, subeditor de EL TIEMPO, quien lo conoció personalmente y tuvo relación a través del manejo de sus columnas de opinión, aseguró que más allá de su carrera diplomática, lo más admirable fue su pasión por el periodismo.

“Me conmovió que, hasta el último momento, hasta dónde le alcanzaron sus fuerzas, don Plinio Mendoza o mi embajador de Ramiriquí, como yo le decía, seguía cuidando sus textos como si fueran los primeros que escribía. Lo vi llegar a la redacción de EL TIEMPO en silla de ruedas, acompañado de una enfermera para revisar algunos de sus A Fondos que fueron publicados y ver que se fuera a impresión como él exactamente quería”.

En la última etapa de su vida les regaló a sus lectores una etapa cercana y desconocida, que se sentía como una charla semanal, con su columna publicada en esta Casa Editorial.

La última vez que escribió para EL TIEMPO fue el 19 de diciembre de 2019 y con esa despedida retrató lo que se sentía llegar a sus últimos años, a pesar de tener una energía desbordante.

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Bajo el titular ‘La vejez, una compañera ineludible’, compartió: “Cuando mi mujer me toma una fotografía y luego me la enseña, tengo un estremecimiento. ‘¡Caramba! –exclamo– ¿Soy yo ese vejete? ¡No puedo creerlo!’. En mi caso, la explicación más obvia de tal sorpresa es que no me siento viejo por dentro. Hablo, escribo y me muevo en el mundo con la fogosa agitación de siempre. Por eso no me gusta el trato respetuoso reservado a los viejos. Por ejemplo, que me llamen don Plinio o, lo que es peor, don Apuleyo, don Apolonio, o don Epicúreo, como me ocurre a veces cuando se dirigen a mí utilizando mi segundo nombre, aquel que mis padres eligieron que me fuera puesto en una pila bautismal de Tunja sin reparar en mis feroces pataleos de protesta”.

*Con información de EL TIEMPO