Lo que parecía una gripe tras unas vacaciones en el Caribe terminó en un diagnóstico médico que ocurre una vez en un millón. La protagonista del caso decidió no sacrificar al animal.

Marie Trainer, una estilista de 54 años residente en el condado de Stark, Ohio (Estados Unidos), regresó a su hogar en mayo de 2019 tras disfrutar de unas vacaciones en Punta Cana, República Dominicana. El viaje junto a su esposo, Matthew, había sido perfecto, y el retorno a casa incluyó la cálida bienvenida de sus dos perros. En particular, Taylor, un pastor alemán, la recibió con efusividad, lamiendo sus manos y brazos, donde Marie tenía un pequeño rasguño apenas perceptible.
Nadie podría haber predicho que ese gesto de afecto, común en millones de hogares alrededor del mundo, desencadenaría una pesadilla médica que cambiaría la vida de la familia Trainer para siempre.
De un malestar general al coma inducido
Pocos días después de su regreso, Marie comenzó a experimentar síntomas que inicialmente confundieron a los médicos. Sentía náuseas, un fuerte dolor de espalda y fluctuaciones de temperatura. Dado su reciente historial de viaje, el equipo de urgencias del Hospital Aultman en Canton sospechó inicialmente de enfermedades tropicales. Sin embargo, los resultados para dengue, zika y malaria resultaron negativos.
La situación de Marie se deterioró con una rapidez alarmante. En cuestión de horas, su presión arterial se desplomó y comenzó a desarrollar sepsis, una respuesta extrema del cuerpo a una infección que puede ser mortal. Para estabilizarla, los médicos se vieron obligados a inducirle un coma que duró diez días. Mientras ella yacía inconsciente, su piel comenzó a cambiar rápidamente a un color rojo violáceo, señal inequívoca de que la gangrena estaba avanzando por sus extremidades.
Tras exhaustivos análisis de sangre, la doctora Margaret Kobe, directora médica de enfermedades infecciosas del hospital, confirmó el diagnóstico: Marie había contraído una infección por Capnocytophaga canimorsus.
Esta bacteria es un microorganismo común que habita en la flora bucal de la mayoría de los perros y gatos sanos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), el 74 % de los perros tienen esta bacteria en su boca y rara vez representa un peligro para los humanos. Sin embargo, en el caso de Marie, la bacteria ingresó directamente al torrente sanguíneo a través de la herida abierta, provocando una reacción devastadora. El organismo de la mujer generó multitud de pequeños coágulos sanguíneos que obstruyeron la circulación hacia sus manos y piernas, provocando la muerte del tejido.
La familia Trainer se enfrentó a una realidad desgarradora. Los médicos explicaron que el daño en los tejidos era irreversible y que, para salvar los órganos vitales de Marie y evitar que la infección la matara, era necesario amputar.
Al despertar del coma, Marie descubrió que le habían amputado ambas piernas por encima de la rodilla y ambas manos. «Fue muy difícil descubrir que tuvieron que quitarme las piernas y los brazos… muy difícil de manejar», declaró Marie en entrevistas posteriores a medios locales como Fox 8. Pasó más de 80 días hospitalizada y se sometió a ocho cirugías.
A pesar de la tragedia, la pareja tomó una decisión sorprendente respecto a su mascota. Al comprender que el perro no tuvo intención de atacar y que la infección fue un accidente biológico extremadamente inusual (estadísticamente ocurre en uno de cada millón de casos), decidieron no sacrificar a Taylor. Marie, quien ahora utiliza prótesis avanzadas para caminar y realizar tareas básicas, ha mantenido su amor por los animales, aunque su historia sirve hoy como una advertencia médica sobre la higiene y el cuidado de heridas al interactuar con mascotas.